Decía Nietzsche que los buenos escritores son aquellos que saben alejarse de la superflua excitación del momento para desplegar su voz en llanas palabras que vayan más allá de los límites impuestos por la emotiva desaprensión de quienes escriben mecánicamente desde su desasosiego. Permítanme, pues, no tener que contrastar la cita que precede, pues mi agudeza se pierde pronto entre los retos de la certidumbre. No me declaro como un mal poeta, sino como un terrorista que en la democracia de las palabras se violenta en su insensatez. Tampoco quiero ser víctima de mi torpeza, sino narrador de la torpeza misma. A veces ésta se presenta, sin lógica, como una extraña naturaleza que se empeña en hacernos incomprensibles. Y es desde esa incomprensión, desde ese vacío, desde dónde hoy, siendo yo mismo ayer, pretendo martillar las teclas de mi ser. Quizás lo más sensato sea advertir al lector incauto, o aun peor, a aquel que se enfrenta a este texto desde el optimismo de su férreo carácter, que reniegue de leer, que se abstenga de razonar, que se apiade de sí mismo. Miles de citas inundan los refraneros y miles de frases célebres encabezan las primeras páginas de ilustres libros, pero sólo es en su fatal marginación, en su monopolio desacreditado, en su misma desvirtuación populista, en que estas tristes líneas que aquí escribo tienen su valor. No esperen encontrar en lo que sigue los rastros de un camino, cuán si fueran náufragos en una isla. Piensen, que las huellas que aquí se graban en forma de vieja tinta, es sólo los restos que han de contemplar para saber que son náufragos. No se escandalicen, simplemente disfruten de su exilio.
lunes, 20 de julio de 2009
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