lunes, 20 de abril de 2009

"Quizás", una palabra tan temerosa como honrada.

Yo, como tantos otros, soy de esa generación absorta educativamente por la televisión y sus redes interpretativas y sociales de la banalidad. Crecimos con una carencia superlativa expresada en términos de ficticia idealidad y de encarnada superficialidad. Éramos y somos un producto más, porque nuestros sueños fueron implementados en un lenguaje pomposo y erigido a la luz de cierto “consumismo de vida”. Consumismo de vida porque a pesar de nuestras creencias, de nuestras ambiciones y de nuestra honestidad, nuestro hilo, nuestro lenguaje, nuestros sueños, todos estaban destinados a fracasar o bien por frustración, o bien por el vacío mismo de un éxito creado cuan castillos de arena. Con la bandera de la igualdad, la discriminación era más eficaz y socialmente aceptable. Se trataba sólo de símbolos y de colores que el viento mecía ahora hacia un lado, ahora hacia el otro. Es curioso cómo lo simbólico daba contenido y cuerpo al ser humano desde su aceptación como elemento heterónomo, sin atisbar que no hay Dios, ni leyes, ni sol, ni cielo o infierno que no se exprese en un lenguaje humano, y aunque este hecho es desolador sólo se puede afrontar desde lo que Arendt denominó de forma muy acertada como integridad. Y es justamente eso lo que nos robó a mi generación la humanidad; la posibilidad misma de ser íntegros. Tanto es así, que no dudo ni por un instante en afirmar tal hipócrita y acrítica sentencia, como si al modo de Sartre no se pudiera contradecir mis palabras con unas de las frases más bonitas que recuerdo; el hombre es aquello que hace con lo que hicieron de él, o como si precisamente Hanna Arendt no hablara de la integridad desde el uso irrenunciable de la responsabilidad. Pero permítanme ser tan impreciso como indecoroso o cruel, permítanme vaciar mis palabras de cualquier contenido y, por último, permítanme ser oídos sordos a la responsabilidad. Permítanmelo en nombre de mis frustraciones, permítanmelo en nombre de sus carencias y, sobre todo, permítanmelo en nombre de la incapacidad manifiesta con la que actuaron las generaciones pasadas para que esto pudiera suceder. Yo a cambio les doy simples y sutiles gritos de negación ante sus acusantes desprecios acaecidos por lo que somos los jóvenes hoy, por la irresponsabilidad y la apatía con la que convivimos y vivimos; ustedes, por el contrario, podrán verbalizar todos sus miedos y disponerlos de tal forma que seamos nosotros su enemigo común, sin caer en la cuenta de que no podéis ser observadores objetivos, sino participantes y participes fatalmente amnistiados. Así, las voces sonaran las unas más fuertes que las otras, las otras con mas ahínco, y todas contribuyendo a un diálogo de besugos que difícilmente merece la sigla de diálogo.

Los intereses encima de la mesa tal cual debe ser en una democracia transparente y así las negociaciones serán justas, recuerdo que profesaba una gran idea norteamericana a principios de su configuración política (la inexactitud, permítanme recordárselo, sólo somos nosotros). Las minorías podrán negociar y así desaparecerá las discriminaciones. La libertad de cada cual como máximo exponente y así desaparecerá las tiranías. Y dónde quedó las responsabilidades, dónde lo común y dónde lo político… Quizá ya no queda nada de eso, porque nada de eso importaba ya.
Yo, como anunciaba al principio, sigo nadando en las aguas de la contradicción y como decía Nietzsche hemos de destruir todos los viejos ídolos; sin embargo, hasta ahora, sólo lo hemos conseguido a costa de venerar a otros nuevos. No obstante, todo puede ser simplemente, como se suele apreciar en el marco contextual de los diálogos de calle, una visión pesimista sobre la sólida estructura de una sociedad que nunca ha conocido una época mejor; pero a mí me parece que será, tal vez, que la “realidad” sólo se perpetua a sí misma y hunde sus miserias en las guerras, dónde las palabras suenan de modo diferente ante oídos pocos acostumbrados.

El amor, al modo de Tolstoi o al modo de Gandhi, puede ser una buena clave. Aunque la responsabilidad o la integridad apunten al mismo camino, en la era de las emociones quizá ésta se expresan demasiado abstractamente para servir de inicio. Se nos presenta una dificultad nietzscheana siempre presenta y ahora aún más acuciante; enseñar a un león y domar al niño.

sábado, 18 de abril de 2009

Carta 5

Querida amiga:

Nunca me he considerado un ser egoísta aunque las palabras que aquí se imprimen quieren dar un veredicto discordante. Y la verdad es que todo es mentira y, la única solución que se dibuja en el lejano horizonte, solo puede verse con los ojos cerrados. El tiempo, siempre cruel y ajeno, a veces se apiada de nuestra alma y nos recompensa con un denso bálsamo; el olvido. Y sin embargo, éste, ahora ausente, nos recrudece la realidad. Pero tan solo hemos de darnos cuenta de que lo que se avecina no es un final, sino más bien un principio (pero que tonterías dicen a veces las palabras). No quiero caer en tontas habladurías, sino en absurdas esperanzas. Tan absurdas como es la vida, y tan esperanzadora como te permitas ser a ti misma. Cada elección siempre está delimitada por las posibilidades, pero creo que una de tus elecciones puede ser ampliar el prisma de las contingencias que te ahogan.

La vida se extiende a nuestro alrededor, pero en determinados momentos ésta se repliega sobre nosotros con signos de interrogación. Quizás no sepamos responder, pero siempre podemos sentir. Y siento que no te puedo ayudar; no si esto significa afirmar. Y por esta misma razón, si es que se puede hablar así, deja de pensar más allá del mismo lugar en que te encuentras. En mi camino espero encontrarte pronto y verte feliz. De todo se aprende y he aprendido que las palabras se quedan cortas o, yo no las empleo como debiera. Y, en todo caso, he de arrepentirme y declararme un egoísta; no mereces una simple carta, aunque mi naturaleza es tan mezquina que solo puedo hablar con el alma en forma de literaria ficción; finjo que me permito hablarte como quisiera. Y aun estas palabras resuenan sin eco porque he mutilado todo aquello que me delata; soy así de triste; ni puedo expresarme en el nefasto anonimato de una carta que se entrega en la distancia. Yo mismo me siento un personaje que se derrama en tinta y que se esconde en la vida. Y por ello te pido disculpas, por ser tan “poético” en palabras y tan frío y descuidado en persona. Y puesto que esto es un texto déjame alzar la imaginación; recuerdo el día en que nos presentaron y la impresión que me causaste; tan empollona y callada que no te hacía con él. Y ahora, por el contrario, no te imagino…
Que egoísta soy, como si fueras una protagonista en la novela de mi vida; sólo te leo atrapada en los borradores que quise escribir y en donde estábamos todos juntos. No se si se estropea un camino, se abre otro o si me desgajo en ellos. Pero una vez más me excuso por pagarte en palabras que no valen nada a cambio de los momentos vividos y por vivir. La “literatura”, en mi caso, es falta de franqueza y valentía. Quizás las palabras que nacen mudas no deban escribirse nunca. Pero mi voluntad quiere gritar, aunque solo pueda susurrar, como me siento hoy. Y me siento confuso, por ti y por mí. Por la desdichada novela en que me empeño en pensar; y se escurre, y yo también. El dramatismo es mi sello de identidad en el mundo poético, y creo que solo se debe a mi infortunada frialdad real. En todo caso espero que estas líneas obren igual que aquellas manualidades que de pequeños hacíamos en el colegio para nuestras madres; que te demuestren mi afecto aunque sea a través de la manifestación de mi torpeza.


PD: A veces me pierdo entre las pequeñas hierbas del camino; no dejes de estar allí para hacerme sentir agraciado. Y no confíes en mí y recuérdame que estás, aunque estés lejos.

miércoles, 1 de abril de 2009

Carta 4

Destinatario el miedo
Desde la sinceridad de la noche

Estimado/a,

Una noche que no recuerdo, hablando con un tío mío (siendo él mismo suyo) me dijo que ante los cambios nos sentimos más vulnerables. Que los sueños se revelan en nuestra contra, que los sentidos se disparan haciéndonos sentir frágiles y desahuciados. Y que la muerte se nos aparece en pequeñas dosis en forma de grandes cambios. ¿Y qué es la muerte sino la alteración más colosal que podamos concebir? No recuerdo bien si sus palabras eran suyas, o más bien mías, más la autoría de aquellos pensamientos resuenan hoy en mí; en una especie, mal hecha, de versos;


Quisiera escribir y decirte
que no quiero sentirte en mi pecho;
que aún me quedas lejos
pero en la agonía de mi vida
aún te acecho.
Receloso de que me atrapes antes de tiempo,
de que me robes mis sueños;
de que no me dediques el suficiente tiempo
como para desgarrar de mí, tu huella
y en vez de ella
llenar mi corazón de amor,
de tanto amor, que hasta tu presencia me sea placentera
Pero no me abandones
ni si quisiera por mis temores
que aunque bien me afligen grandes dolores
quisiera yo tenerte cerca.
Suficiente para olerte
y pensar que cuando llegue el día
que has de tenerme (y yo a ti)
sentirte como una amiga
que en la sinceridad de la noche
me explique el significado de la vida, entera.
¡Más ahora aléjate!
que te siento muy cerca
quizás vengan cambios y ahora no los quiera
quizás sea solo un quizás
y tan solo sea que todo lo demás me da pena.



Atentamente suyo, yo.