Yo, como tantos otros, soy de esa generación absorta educativamente por la televisión y sus redes interpretativas y sociales de la banalidad. Crecimos con una carencia superlativa expresada en términos de ficticia idealidad y de encarnada superficialidad. Éramos y somos un producto más, porque nuestros sueños fueron implementados en un lenguaje pomposo y erigido a la luz de cierto “consumismo de vida”. Consumismo de vida porque a pesar de nuestras creencias, de nuestras ambiciones y de nuestra honestidad, nuestro hilo, nuestro lenguaje, nuestros sueños, todos estaban destinados a fracasar o bien por frustración, o bien por el vacío mismo de un éxito creado cuan castillos de arena. Con la bandera de la igualdad, la discriminación era más eficaz y socialmente aceptable. Se trataba sólo de símbolos y de colores que el viento mecía ahora hacia un lado, ahora hacia el otro. Es curioso cómo lo simbólico daba contenido y cuerpo al ser humano desde su aceptación como elemento heterónomo, sin atisbar que no hay Dios, ni leyes, ni sol, ni cielo o infierno que no se exprese en un lenguaje humano, y aunque este hecho es desolador sólo se puede afrontar desde lo que Arendt denominó de forma muy acertada como integridad. Y es justamente eso lo que nos robó a mi generación la humanidad; la posibilidad misma de ser íntegros. Tanto es así, que no dudo ni por un instante en afirmar tal hipócrita y acrítica sentencia, como si al modo de Sartre no se pudiera contradecir mis palabras con unas de las frases más bonitas que recuerdo; el hombre es aquello que hace con lo que hicieron de él, o como si precisamente Hanna Arendt no hablara de la integridad desde el uso irrenunciable de la responsabilidad. Pero permítanme ser tan impreciso como indecoroso o cruel, permítanme vaciar mis palabras de cualquier contenido y, por último, permítanme ser oídos sordos a la responsabilidad. Permítanmelo en nombre de mis frustraciones, permítanmelo en nombre de sus carencias y, sobre todo, permítanmelo en nombre de la incapacidad manifiesta con la que actuaron las generaciones pasadas para que esto pudiera suceder. Yo a cambio les doy simples y sutiles gritos de negación ante sus acusantes desprecios acaecidos por lo que somos los jóvenes hoy, por la irresponsabilidad y la apatía con la que convivimos y vivimos; ustedes, por el contrario, podrán verbalizar todos sus miedos y disponerlos de tal forma que seamos nosotros su enemigo común, sin caer en la cuenta de que no podéis ser observadores objetivos, sino participantes y participes fatalmente amnistiados. Así, las voces sonaran las unas más fuertes que las otras, las otras con mas ahínco, y todas contribuyendo a un diálogo de besugos que difícilmente merece la sigla de diálogo.
Los intereses encima de la mesa tal cual debe ser en una democracia transparente y así las negociaciones serán justas, recuerdo que profesaba una gran idea norteamericana a principios de su configuración política (la inexactitud, permítanme recordárselo, sólo somos nosotros). Las minorías podrán negociar y así desaparecerá las discriminaciones. La libertad de cada cual como máximo exponente y así desaparecerá las tiranías. Y dónde quedó las responsabilidades, dónde lo común y dónde lo político… Quizá ya no queda nada de eso, porque nada de eso importaba ya.
Yo, como anunciaba al principio, sigo nadando en las aguas de la contradicción y como decía Nietzsche hemos de destruir todos los viejos ídolos; sin embargo, hasta ahora, sólo lo hemos conseguido a costa de venerar a otros nuevos. No obstante, todo puede ser simplemente, como se suele apreciar en el marco contextual de los diálogos de calle, una visión pesimista sobre la sólida estructura de una sociedad que nunca ha conocido una época mejor; pero a mí me parece que será, tal vez, que la “realidad” sólo se perpetua a sí misma y hunde sus miserias en las guerras, dónde las palabras suenan de modo diferente ante oídos pocos acostumbrados.
El amor, al modo de Tolstoi o al modo de Gandhi, puede ser una buena clave. Aunque la responsabilidad o la integridad apunten al mismo camino, en la era de las emociones quizá ésta se expresan demasiado abstractamente para servir de inicio. Se nos presenta una dificultad nietzscheana siempre presenta y ahora aún más acuciante; enseñar a un león y domar al niño.
Los intereses encima de la mesa tal cual debe ser en una democracia transparente y así las negociaciones serán justas, recuerdo que profesaba una gran idea norteamericana a principios de su configuración política (la inexactitud, permítanme recordárselo, sólo somos nosotros). Las minorías podrán negociar y así desaparecerá las discriminaciones. La libertad de cada cual como máximo exponente y así desaparecerá las tiranías. Y dónde quedó las responsabilidades, dónde lo común y dónde lo político… Quizá ya no queda nada de eso, porque nada de eso importaba ya.
Yo, como anunciaba al principio, sigo nadando en las aguas de la contradicción y como decía Nietzsche hemos de destruir todos los viejos ídolos; sin embargo, hasta ahora, sólo lo hemos conseguido a costa de venerar a otros nuevos. No obstante, todo puede ser simplemente, como se suele apreciar en el marco contextual de los diálogos de calle, una visión pesimista sobre la sólida estructura de una sociedad que nunca ha conocido una época mejor; pero a mí me parece que será, tal vez, que la “realidad” sólo se perpetua a sí misma y hunde sus miserias en las guerras, dónde las palabras suenan de modo diferente ante oídos pocos acostumbrados.
El amor, al modo de Tolstoi o al modo de Gandhi, puede ser una buena clave. Aunque la responsabilidad o la integridad apunten al mismo camino, en la era de las emociones quizá ésta se expresan demasiado abstractamente para servir de inicio. Se nos presenta una dificultad nietzscheana siempre presenta y ahora aún más acuciante; enseñar a un león y domar al niño.
