domingo, 22 de marzo de 2009

Carta 1

Hace unos días comencé a leer un libro de unos de los escritores rusos más eminentes del siglo XIX, Lev Tolstói. Había conocido algunos de sus ensayos a través de la carrera; su excelente prosa y su profundidad habían llamado mi atención ya en algunos trabajos que tuve que hacer sobre su libro “Guerra y paz”. Aunque en honor a la verdad tengo que decir que me centré más en la bibliografía secundaria que en la propia obra del autor. No obstante, hace apenas unos cuantos días me volví a encontrar con un libro en cuyas páginas volvía a sonar la sombra o la luz de Tolstoi, Correspondencia (de Selma Ancira). Como un Voyeur más me dedique a “espiar” su intimidad a través de las cartas traducidas en dicho texto. Tan sólo con leer los primeros mensajes enviados a su tía Tatiana me sobrevino una sensación de admiración y tristeza. Admiración porque podía sentir cómo uno de los escritores más pródigos del siglo pasado se mostraba en cada una de sus cartas de una manera tan sincera y pura y, tristeza porque yo, por culpa de mi educación o de mi vergüenza, no tenía ni la entereza ni el compromiso suficiente para dejarme atrapar entre las hojas y la tinta de una correspondencia. Además, hijo tropo-típico del individualismo de mi generación, siempre había considerado ese mostrarse como un síntoma de debilidad innecesaria y gratuita. Por otro lado, no tenía a quién escribirle; lo ideal sería un abuelo lejano confinado en otro país y apartado de la vida habitual que marca la ciudad y con el cual podría compartir mis experiencias de adolescente. Pero comprendí que ese “ideal” sonaba más a un guión malo de Hollywood que a la realidad. Esta última estaba enmarcada por el hecho de que no soy capaz de mantener con nadie un tipo de correspondencia que no se limite a las típicas y aburridas estupideces que a veces son tan necesarias como imprescindibles. Justo también hace unos días y coincidiendo con la lectura de este libro (el cual aún siguió leyendo lentamente) ocurrió un suceso desagradable pero, gracias a Dios, no dramático. A un ser querido la vida se le quiso escurrir entre los atascos que en ocasiones se producen entre esas simples y a la vez complicadas carreteras que atraviesan y riegan todo nuestro cuerpo. ¿Quizás a él? ¿Quizás ahora escriba para él? ¿Sería esta la ocasión? Creo que realmente no escribo para mi, y aprovecho para decirlo, querido tío. Sería intentar crear una especie de tele-realidad a través de lo que volvería a ser un nuevo y penoso guión de cine (ojala algún día pudiera escribir alguno aunque fuera tan penoso). Se trata más bien de escribir… no de intentar hacer arte al estilo de Cindy Sherman o algo parecido (ojalá pudiera). Simplemente se trata de escribir, en un anhelo de melancolía, por las maneras pérdidas que en otro tiempo llamaban a las puertas de los sentimientos y de la comunicación más personal y cariñosa en forma de cartero. Por supuesto escribo a mi tío, a mi abuela, a mi madre, a mi padre y a todos. Y sobre todo a mí mismo, que en un acto cuasi de locura de sinceridad, doy voz alta, en lo que parece una terapia de choque, a la vocecita que a veces ronda mi cerebro. De ahí el nombre del blog, Cartas sin destinatario. Para terminar esta primera carta creo que me tengo que presentar;... soy un idiota.

Atenerse de leer esta correspondencia psicoanalista demasiados confiados de sí mismos y otras gentes.

PD: los idiotas no damos razones de nuestras estupideces más allá de las “locura” que nos caracterizas. Así que me auto declaro persona no responsable de mis palabras (si es que se puede ser “no responsable” de lo que uno hace o dice.

sábado, 21 de marzo de 2009

Carta 2

Destinatario Anónimo
Desde ninguna parte

Estimado/a,



Es bastante curioso el anonimato, realmente se me dibuja una leve sonrisa en los labios cuando pienso en ello. Es como si nos empreñáramos en que existiera otro planeta, otra vida. Como si en el ocultamiento de nuestro nombre se difuminara nuestras miserias, nuestros errores, nuestra humanidad. Como si intentáramos dejar huérfana a la poesía misma de su más intrincado secreto, su parentalidad. Perdonadme que me reivindique a mi mismo en este inesperado aire de iluminismo desacertado que confunde las palabras con la emocionalidad del gesto y que me lleva a escribir parentalidad, ese ridículo concepto que se escapa entre la desconfianza de la racionalidad y la torpeza de las emociones, que resurge en lo anónimo con una suerte de sátira irreconciliable, poética a sus propios ojos y deshonesta con la coherencia. Es raro, totalmente inverosímil y patético el hecho mismo de la negación ineludible que el texto intenta esquivar en las palabras abandonadas de su origen más concreto. Por un lado quisiera explicarme mejor, pero entonces correría un grave peligro de hacerme anónimo yo mismo. La poesía es bella y necesaria a la par, pero el error y la obstinación de quien pretende ser pre-poético merece también ser escuchado, aunque sea por él mismo. Así pues, el anonimato no puede ser más que una profunda y sangrante equivocación que pretende borrar las huellas que en cada instante imprimimos en la sustancia que nos hace y nos convierte en seres vivos. Ese cuidarse del que Heidegger nos habla debe mostrarse a sí mismo en su estado paradigmático. Antes de cualquier elección o de cualquier reflexión seguimos siendo aquella indeterminación que seguiremos siendo aún después de la afirmación consciente de nosotros mismos. Y esa parte, ese intento debe ser auto-afirmativo en el sentido de una firma identitaria de un mismo. Es decir, el anonimato es simplemente la negación de uno mismo, como si fuera posible reglamentar y seleccionar aquello que somos y aquello que no somos. Por tanto, los borradores de nuestras obras no pueden ser tenidas en cuenta como elementos ajenos a nosotros mismos, sino como una afirmación que se produce en el espacio y el tiempo y del que no podemos más que dibujar los nuevos mensajes que creemos que deben impactar en la audiencia en donde hemos decidido publicitarnos. Con la consiguiente y evidente reflexión de que la audiencia no es ingenua. Al hilo de lo cual cabe apreciar ese momento pre-poético que en su desconcertante ebullición quiere huir de cualquier análisis psicológico o literario para erigirse simplemente como un intento de autoafirmación de uno mismo como ser errante y transmundano. Transmundano porque andamos entre dos mundos bien diferentes en principio; el de nuestras emociones y el de las descripciones o aliteraciones que lingüísticamente quieren dar fe de ellas. No quiero decir que haya que rescatar una especie de dadaísmo o surrealismo que inunden nuestras estructuras comprensivas del mundo o cosmovisiones. Simplemente apunto a la necesidad de autoafirmarnos intersubjetivamente como individuos vulnerables a nosotros mismos, a ponernos en tela de juicios como sujetos coherentes o poéticos. Ciertamente somos poéticos, pero también somos pre-poéticos en la medida en que estamos faltos de la belleza que nos proporciona la rima y la matemática en la que a veces se embute la poesía. Por matemática me refiero a esa belleza que nace de la experimentación del arte. Experimentación con la que no pretendo enfrentarme, ni mucho menos, sino a la que pretendo señalar que a veces también hay que prestar atención a ese acto y espacio falto de toda perfección que su única, pero enriquecedora aportación, es ser un gesto de autoafirmación tejido en la aceptación de la inevitabilidad de ser quién en cada momento se es, no en quien se decide ser, pues en la negación hay una afirmación y una proyección de quien se esperar ser , pero también una negación de quien ya se es. En resumidas cuentas se ha de aceptar que no se pueda ser un escritor anónimo en el entramado del ser. El anonimato solo es una elección de una parte del ser que se concretiza a través de la negación de las opciones bifurcadas que permitían la elección misma de lo substantivado.

Atentamente suyo,

ANóNIMO

viernes, 20 de marzo de 2009

Carta 3

Anteanoche leí la carta que Tolstói envió desde Tiflis a Tatiana Alexándrovna Ergólskaia el veintiocho de diciembre de 1981. Y a parte de constatar mi obstinación por ser un vago compulsivo, me resultó de sumo interés una afirmación un tanto extraña; el deseo de Tolstói de no ser libre. Es curioso como el tiempo se difumina en un instante y se comprime en un solo punto, en un solo sentimiento vivido por dos seres absolutamente diferentes y distantes. Cómo el devenir se detiene, agitado y confundido, en el latir de una emoción que se revuelca sobre sí mismo para aparecer ciento cincuenta y ocho años después en otro espacio y en otro cuerpo. Quizás seamos demasiado “poéticos” como para ser riguroso, pero en cualquier caso me parece sorprendente que las emociones superen las barreras del tiempo y las circunstancias para presentarse ante nosotros como un halo de vida tan efímero y confuso como mágico e ininteligible. Pero aún más sorprendente es compartir y experimentar ese deseo; no ser tan libre. ¿Acaso es posible? Un pequeño escalofrío que se empeña en recorrer mi estomago y que hace tiritar mis manos y mi cabeza al unísono, me invita a pensar de que la respuesta es un rotundo no. De que no podemos dejar de ser seres libres atrapados en las circunstancias pero condenados a ser absolutamente responsables de nuestros actos. Actos que son pagados con nuestra vida entera. Estamos forzados a ser en cada momento nosotros mismos. A hablar de nosotros en cada gesto, en cada decisión y en cada rectificación. Estamos avocados a vivir, sin que podamos pedir una tregua. En la vida en único punto y aparte es la muerte. Todo lo demás son errores de puntualización que no sabemos ver o que no queremos reconocer; no se puede cambiar, solo se puede continuar… No digo que no existan los puntos y seguidos, solo digo que los grandes cambios no son más que frustraciones que connotan nuestro deseo de ser Otro. Pero ese Otro es simplemente una elección de nosotros mismos que hasta entonces había quedado relegado a un segundo plano. Mis cartas no son el producto de un nuevo ser sino la resultante de una nueva elección. Ahora bien, también podemos elegir no ser libres; dejarnos atrapar por las corrientes que diluyen nuestra absoluta autonomía… A veces apetece no ser un individuo condenado a morir, sino un ciudadano, un amigo o un marido dispuesto a compartir su vida y a derramarse en ella.





Atentamente suyo,


Un amigo…


PD: Si no les gusta lo que escribo siempre puedo cambiar…