Hace unos días comencé a leer un libro de unos de los escritores rusos más eminentes del siglo XIX, Lev Tolstói. Había conocido algunos de sus ensayos a través de la carrera; su excelente prosa y su profundidad habían llamado mi atención ya en algunos trabajos que tuve que hacer sobre su libro “Guerra y paz”. Aunque en honor a la verdad tengo que decir que me centré más en la bibliografía secundaria que en la propia obra del autor. No obstante, hace apenas unos cuantos días me volví a encontrar con un libro en cuyas páginas volvía a sonar la sombra o la luz de Tolstoi, Correspondencia (de Selma Ancira). Como un Voyeur más me dedique a “espiar” su intimidad a través de las cartas traducidas en dicho texto. Tan sólo con leer los primeros mensajes enviados a su tía Tatiana me sobrevino una sensación de admiración y tristeza. Admiración porque podía sentir cómo uno de los escritores más pródigos del siglo pasado se mostraba en cada una de sus cartas de una manera tan sincera y pura y, tristeza porque yo, por culpa de mi educación o de mi vergüenza, no tenía ni la entereza ni el compromiso suficiente para dejarme atrapar entre las hojas y la tinta de una correspondencia. Además, hijo tropo-típico del individualismo de mi generación, siempre había considerado ese mostrarse como un síntoma de debilidad innecesaria y gratuita. Por otro lado, no tenía a quién escribirle; lo ideal sería un abuelo lejano confinado en otro país y apartado de la vida habitual que marca la ciudad y con el cual podría compartir mis experiencias de adolescente. Pero comprendí que ese “ideal” sonaba más a un guión malo de Hollywood que a la realidad. Esta última estaba enmarcada por el hecho de que no soy capaz de mantener con nadie un tipo de correspondencia que no se limite a las típicas y aburridas estupideces que a veces son tan necesarias como imprescindibles. Justo también hace unos días y coincidiendo con la lectura de este libro (el cual aún siguió leyendo lentamente) ocurrió un suceso desagradable pero, gracias a Dios, no dramático. A un ser querido la vida se le quiso escurrir entre los atascos que en ocasiones se producen entre esas simples y a la vez complicadas carreteras que atraviesan y riegan todo nuestro cuerpo. ¿Quizás a él? ¿Quizás ahora escriba para él? ¿Sería esta la ocasión? Creo que realmente no escribo para mi, y aprovecho para decirlo, querido tío. Sería intentar crear una especie de tele-realidad a través de lo que volvería a ser un nuevo y penoso guión de cine (ojala algún día pudiera escribir alguno aunque fuera tan penoso). Se trata más bien de escribir… no de intentar hacer arte al estilo de Cindy Sherman o algo parecido (ojalá pudiera). Simplemente se trata de escribir, en un anhelo de melancolía, por las maneras pérdidas que en otro tiempo llamaban a las puertas de los sentimientos y de la comunicación más personal y cariñosa en forma de cartero. Por supuesto escribo a mi tío, a mi abuela, a mi madre, a mi padre y a todos. Y sobre todo a mí mismo, que en un acto cuasi de locura de sinceridad, doy voz alta, en lo que parece una terapia de choque, a la vocecita que a veces ronda mi cerebro. De ahí el nombre del blog, Cartas sin destinatario. Para terminar esta primera carta creo que me tengo que presentar;... soy un idiota.
Atenerse de leer esta correspondencia psicoanalista demasiados confiados de sí mismos y otras gentes.
PD: los idiotas no damos razones de nuestras estupideces más allá de las “locura” que nos caracterizas. Así que me auto declaro persona no responsable de mis palabras (si es que se puede ser “no responsable” de lo que uno hace o dice.

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