sábado, 21 de marzo de 2009

Carta 2

Destinatario Anónimo
Desde ninguna parte

Estimado/a,



Es bastante curioso el anonimato, realmente se me dibuja una leve sonrisa en los labios cuando pienso en ello. Es como si nos empreñáramos en que existiera otro planeta, otra vida. Como si en el ocultamiento de nuestro nombre se difuminara nuestras miserias, nuestros errores, nuestra humanidad. Como si intentáramos dejar huérfana a la poesía misma de su más intrincado secreto, su parentalidad. Perdonadme que me reivindique a mi mismo en este inesperado aire de iluminismo desacertado que confunde las palabras con la emocionalidad del gesto y que me lleva a escribir parentalidad, ese ridículo concepto que se escapa entre la desconfianza de la racionalidad y la torpeza de las emociones, que resurge en lo anónimo con una suerte de sátira irreconciliable, poética a sus propios ojos y deshonesta con la coherencia. Es raro, totalmente inverosímil y patético el hecho mismo de la negación ineludible que el texto intenta esquivar en las palabras abandonadas de su origen más concreto. Por un lado quisiera explicarme mejor, pero entonces correría un grave peligro de hacerme anónimo yo mismo. La poesía es bella y necesaria a la par, pero el error y la obstinación de quien pretende ser pre-poético merece también ser escuchado, aunque sea por él mismo. Así pues, el anonimato no puede ser más que una profunda y sangrante equivocación que pretende borrar las huellas que en cada instante imprimimos en la sustancia que nos hace y nos convierte en seres vivos. Ese cuidarse del que Heidegger nos habla debe mostrarse a sí mismo en su estado paradigmático. Antes de cualquier elección o de cualquier reflexión seguimos siendo aquella indeterminación que seguiremos siendo aún después de la afirmación consciente de nosotros mismos. Y esa parte, ese intento debe ser auto-afirmativo en el sentido de una firma identitaria de un mismo. Es decir, el anonimato es simplemente la negación de uno mismo, como si fuera posible reglamentar y seleccionar aquello que somos y aquello que no somos. Por tanto, los borradores de nuestras obras no pueden ser tenidas en cuenta como elementos ajenos a nosotros mismos, sino como una afirmación que se produce en el espacio y el tiempo y del que no podemos más que dibujar los nuevos mensajes que creemos que deben impactar en la audiencia en donde hemos decidido publicitarnos. Con la consiguiente y evidente reflexión de que la audiencia no es ingenua. Al hilo de lo cual cabe apreciar ese momento pre-poético que en su desconcertante ebullición quiere huir de cualquier análisis psicológico o literario para erigirse simplemente como un intento de autoafirmación de uno mismo como ser errante y transmundano. Transmundano porque andamos entre dos mundos bien diferentes en principio; el de nuestras emociones y el de las descripciones o aliteraciones que lingüísticamente quieren dar fe de ellas. No quiero decir que haya que rescatar una especie de dadaísmo o surrealismo que inunden nuestras estructuras comprensivas del mundo o cosmovisiones. Simplemente apunto a la necesidad de autoafirmarnos intersubjetivamente como individuos vulnerables a nosotros mismos, a ponernos en tela de juicios como sujetos coherentes o poéticos. Ciertamente somos poéticos, pero también somos pre-poéticos en la medida en que estamos faltos de la belleza que nos proporciona la rima y la matemática en la que a veces se embute la poesía. Por matemática me refiero a esa belleza que nace de la experimentación del arte. Experimentación con la que no pretendo enfrentarme, ni mucho menos, sino a la que pretendo señalar que a veces también hay que prestar atención a ese acto y espacio falto de toda perfección que su única, pero enriquecedora aportación, es ser un gesto de autoafirmación tejido en la aceptación de la inevitabilidad de ser quién en cada momento se es, no en quien se decide ser, pues en la negación hay una afirmación y una proyección de quien se esperar ser , pero también una negación de quien ya se es. En resumidas cuentas se ha de aceptar que no se pueda ser un escritor anónimo en el entramado del ser. El anonimato solo es una elección de una parte del ser que se concretiza a través de la negación de las opciones bifurcadas que permitían la elección misma de lo substantivado.

Atentamente suyo,

ANóNIMO

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