Anteanoche leí la carta que Tolstói envió desde Tiflis a Tatiana Alexándrovna Ergólskaia el veintiocho de diciembre de 1981. Y a parte de constatar mi obstinación por ser un vago compulsivo, me resultó de sumo interés una afirmación un tanto extraña; el deseo de Tolstói de no ser libre. Es curioso como el tiempo se difumina en un instante y se comprime en un solo punto, en un solo sentimiento vivido por dos seres absolutamente diferentes y distantes. Cómo el devenir se detiene, agitado y confundido, en el latir de una emoción que se revuelca sobre sí mismo para aparecer ciento cincuenta y ocho años después en otro espacio y en otro cuerpo. Quizás seamos demasiado “poéticos” como para ser riguroso, pero en cualquier caso me parece sorprendente que las emociones superen las barreras del tiempo y las circunstancias para presentarse ante nosotros como un halo de vida tan efímero y confuso como mágico e ininteligible. Pero aún más sorprendente es compartir y experimentar ese deseo; no ser tan libre. ¿Acaso es posible? Un pequeño escalofrío que se empeña en recorrer mi estomago y que hace tiritar mis manos y mi cabeza al unísono, me invita a pensar de que la respuesta es un rotundo no. De que no podemos dejar de ser seres libres atrapados en las circunstancias pero condenados a ser absolutamente responsables de nuestros actos. Actos que son pagados con nuestra vida entera. Estamos forzados a ser en cada momento nosotros mismos. A hablar de nosotros en cada gesto, en cada decisión y en cada rectificación. Estamos avocados a vivir, sin que podamos pedir una tregua. En la vida en único punto y aparte es la muerte. Todo lo demás son errores de puntualización que no sabemos ver o que no queremos reconocer; no se puede cambiar, solo se puede continuar… No digo que no existan los puntos y seguidos, solo digo que los grandes cambios no son más que frustraciones que connotan nuestro deseo de ser Otro. Pero ese Otro es simplemente una elección de nosotros mismos que hasta entonces había quedado relegado a un segundo plano. Mis cartas no son el producto de un nuevo ser sino la resultante de una nueva elección. Ahora bien, también podemos elegir no ser libres; dejarnos atrapar por las corrientes que diluyen nuestra absoluta autonomía… A veces apetece no ser un individuo condenado a morir, sino un ciudadano, un amigo o un marido dispuesto a compartir su vida y a derramarse en ella.
Atentamente suyo,
Un amigo…
PD: Si no les gusta lo que escribo siempre puedo cambiar…
Atentamente suyo,
Un amigo…
PD: Si no les gusta lo que escribo siempre puedo cambiar…

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