viernes, 20 de noviembre de 2009

Se ahogan las palabras

Los momentos más difíciles es cuando te olvido. Y buscando el consuelo de quien se ve incapaz de soportar sus propios pecados, intento recordarte y pensarte, pero en la agonía de un mundo absorto en su banalidad, sólo consigo encontrarme con la mía. Quizá sólo sea cuestión de suerte, pero los atisbos de benevolencia que a veces me concede alguna ingenua y extraviada mirada de complicidad, me regurgita aquella intragable condolencia de creerme acertado. En el propio devenir de los párrafos que sin escribir, repito una y mil veces, aparece, de nuevo vacías, la fragancia del aire; aquella que endulza y mata, que escucha y absorbe las voces de los años, de las culturas y de las historias que hacen Historia. La mía es una pequeña coma de una frase que no me pertenece y, aun así, tengo la molesta esperanza de narrar las sentencias de mi insensatez. En mi mente, la ortografía de un discurso sin lenguaje, y ante tamaño desvarío, y ante la exacerbación de lo fútil, yo, pero sin coma. A pesar de mis intentos, carezco de conocimientos y de voluntad; baste advertir que siempre he terminado por no corregir mis faltas con la mera disculpa de no escribir texto alguno. Y sin embargo, creyendo hoy que la vida se condensa en uno de los continuados repliegues de banalidad a los que nos tiene acostumbrado, creí conveniente disfrazar la verdad de verdad. Nótese la insuficiencia del lenguaje utilizado, nótese la vida, nótese aún sin ortografía ni rima. Y siendo yo poeta por la experiencia que me ofreció el pastoril oficio de ser sin creer y de creer sin ser, aprendí el arte de ningún oficio y el oficio de ningún pescador. Nótese la irracionalidad, nótese el antojo y también la vulgaridad. Nótese que todo cabe, que la vergüenza de mis palabras no es mía, y que su responsabilidad me aflige. Nótese el lenguaje torpe y ágil, bruto y frágil, tonto y vulgar, de quien contrapone sin más, conceptos dispares, testarudas idioteces, caprichosas tonterías y, nótese sobre todo, la vida. Pero seguía pensando yo, si el yo es capaz de pensar y no es más bien el yo quien es pensado, que podría zafarme de tan inhóspita y hospitalaria tarea: la de escribir. Y me propuse hacerlo, así que me devengo a ello, prometiendo que ya descansaré en próximas palabras.

lunes, 12 de octubre de 2009

Sin mensaje, sin botella.

La noche no dejaba de ser más oscura que el día, y éste, avergonzado por su azote, se compadeció de mí, pero sólo por unos segundos. Luego la puerta se abrió y de ella no salió nadie. Y ahí estaba yo, en el ocaso del sol, atemorizado de mí mismo; con la total convicción de ser mi peor enemigo. La luna, huérfana, se entre-colaba de forma zigzagueante por medio del fino cristal y de la aterciopelada cortina, y apenada por mi espanto, me calmaba el rostro poniendo sus largos brazos bajo mi húmeda tez. Aún recuerdo el calor de sus gestos y la cobardía que me envolvía a pesar de su consuelo. ¿Cómo iba a saber yo que aquel día me reuniría con mi pasado? El tiempo hacía rato que se burlaba de mis sentidos, quizá sólo fuera que estos se habían perdido. La cuestión, sin embargo, era que todo aquello se expresaba en el lenguaje de lo vivido; no podía ser de otra forma, pues era yo mismo. Una bocanada de humo vino a poner sobre la escena la ductilidad que a veces la más inocente e ingenua literatura hunde en nuestros recuerdos. Y a cada palabra, le seguía, como solía acostumbrar, un recuerdo. Lejos de enfrentarme a mi relato, me apresuré en buscar cobijo. Y no hubo más remedio que prestarme a lo insípido; me fijé en mi alrededor y conté, hasta dormirme, cada segundo que me separaba de mi alivio. No fueron muchos, pero sí eternos. Quizás ahora no parezca muy coherente, pero después de aquello, sólo aprendí que no debo serlo.

lunes, 20 de julio de 2009

Carta 6

Decía Nietzsche que los buenos escritores son aquellos que saben alejarse de la superflua excitación del momento para desplegar su voz en llanas palabras que vayan más allá de los límites impuestos por la emotiva desaprensión de quienes escriben mecánicamente desde su desasosiego. Permítanme, pues, no tener que contrastar la cita que precede, pues mi agudeza se pierde pronto entre los retos de la certidumbre. No me declaro como un mal poeta, sino como un terrorista que en la democracia de las palabras se violenta en su insensatez. Tampoco quiero ser víctima de mi torpeza, sino narrador de la torpeza misma. A veces ésta se presenta, sin lógica, como una extraña naturaleza que se empeña en hacernos incomprensibles. Y es desde esa incomprensión, desde ese vacío, desde dónde hoy, siendo yo mismo ayer, pretendo martillar las teclas de mi ser. Quizás lo más sensato sea advertir al lector incauto, o aun peor, a aquel que se enfrenta a este texto desde el optimismo de su férreo carácter, que reniegue de leer, que se abstenga de razonar, que se apiade de sí mismo. Miles de citas inundan los refraneros y miles de frases célebres encabezan las primeras páginas de ilustres libros, pero sólo es en su fatal marginación, en su monopolio desacreditado, en su misma desvirtuación populista, en que estas tristes líneas que aquí escribo tienen su valor. No esperen encontrar en lo que sigue los rastros de un camino, cuán si fueran náufragos en una isla. Piensen, que las huellas que aquí se graban en forma de vieja tinta, es sólo los restos que han de contemplar para saber que son náufragos. No se escandalicen, simplemente disfruten de su exilio.

lunes, 29 de junio de 2009

Nada


Quizás el dolor impedía que floreciera, pero eran muchos los que pensaban que era mejor que su muerte anunciara el final de sus miedos. Las raíces todavía brotaban con la esperanza de encontrar un mundo mejor, pensaban que morir no era una opción. Pero dime árbol triste, cómo le cuento yo al viento que pare, como le digo yo a Dios que haga que sus aguas no te ahoguen. Yo tampoco tengo fuerzas, dile a tus raíces que no lloren, que aprovechen el agua y asuma sus dolores.
    El viento ya no arrastra hojas sino lamentos; mi voz se calma entre lagrimas y el dolor se convierte simplemente en resignación; el mundo es así, morir.
    Oh triste árbol sólo espero que no esperes nada, que la nada se te muestre como un adorno y que comprendas que no hay nada que comprender, nada por doquier.
    Angustia, bendita tus eres entre todas las mujeres de las vidas que no he vivido. Quisiera que tus piernas me lleven al olvido, aún cuando nunca te haya escuchado, aunque nunca de haya querido; vuelvo a traicionarme, nunca por doquier.
Quisiera escribir y vivir a través de las letras, quizás ellas escapen de la realidad. Pero vuelvo a temer que vuelvas a caer en la irracionalidad del sentido que se creyó como fundamento de sí mismo.
Masturbación de sensación de incontrolable rabieta, maldigo a quien maldice por no poder más que maldecir; nada por escribir.

 
Nada, siempre nada y, todo por decir. Quizás, solo quizás, tal vez morir…la valentía se ahoga en la agonía de cualquier día. La impotencia se vuelve insolencia y la vida nada por sentir.
    Ya no creo en ti, letra, asume mi competencia y tu maldad. Ya no dirás nada de lo que no quiero escribir… nada, y ahora ya no podrás más q sfrr l flt d l vcl cn ls q n pdrs vivir.
    Vayaa tonterías has sacado de mí, y yo que creía que podías comprender y, sin embargo, nada por querer…


Debilidad; la justicia sólo es debilidad.
    Amor; descontrol, irracionalidad y maldad
        Amistad; traidora, inquisidora de la frivolidad.
            Sólo debilidad… ´
,,, Árbol, huye, camina hacia el mar, corre ante que te vuelvas debilidad… condenados estás; humo, comodidad. Satanás nunca fue enemigo de Dios, sólo su devoción… sólo su amor… simplemente debilidad. Corre árbol que mis pies se han enraizado; me toca gritar…tu vete al mar. Sal y más sal…

lunes, 20 de abril de 2009

"Quizás", una palabra tan temerosa como honrada.

Yo, como tantos otros, soy de esa generación absorta educativamente por la televisión y sus redes interpretativas y sociales de la banalidad. Crecimos con una carencia superlativa expresada en términos de ficticia idealidad y de encarnada superficialidad. Éramos y somos un producto más, porque nuestros sueños fueron implementados en un lenguaje pomposo y erigido a la luz de cierto “consumismo de vida”. Consumismo de vida porque a pesar de nuestras creencias, de nuestras ambiciones y de nuestra honestidad, nuestro hilo, nuestro lenguaje, nuestros sueños, todos estaban destinados a fracasar o bien por frustración, o bien por el vacío mismo de un éxito creado cuan castillos de arena. Con la bandera de la igualdad, la discriminación era más eficaz y socialmente aceptable. Se trataba sólo de símbolos y de colores que el viento mecía ahora hacia un lado, ahora hacia el otro. Es curioso cómo lo simbólico daba contenido y cuerpo al ser humano desde su aceptación como elemento heterónomo, sin atisbar que no hay Dios, ni leyes, ni sol, ni cielo o infierno que no se exprese en un lenguaje humano, y aunque este hecho es desolador sólo se puede afrontar desde lo que Arendt denominó de forma muy acertada como integridad. Y es justamente eso lo que nos robó a mi generación la humanidad; la posibilidad misma de ser íntegros. Tanto es así, que no dudo ni por un instante en afirmar tal hipócrita y acrítica sentencia, como si al modo de Sartre no se pudiera contradecir mis palabras con unas de las frases más bonitas que recuerdo; el hombre es aquello que hace con lo que hicieron de él, o como si precisamente Hanna Arendt no hablara de la integridad desde el uso irrenunciable de la responsabilidad. Pero permítanme ser tan impreciso como indecoroso o cruel, permítanme vaciar mis palabras de cualquier contenido y, por último, permítanme ser oídos sordos a la responsabilidad. Permítanmelo en nombre de mis frustraciones, permítanmelo en nombre de sus carencias y, sobre todo, permítanmelo en nombre de la incapacidad manifiesta con la que actuaron las generaciones pasadas para que esto pudiera suceder. Yo a cambio les doy simples y sutiles gritos de negación ante sus acusantes desprecios acaecidos por lo que somos los jóvenes hoy, por la irresponsabilidad y la apatía con la que convivimos y vivimos; ustedes, por el contrario, podrán verbalizar todos sus miedos y disponerlos de tal forma que seamos nosotros su enemigo común, sin caer en la cuenta de que no podéis ser observadores objetivos, sino participantes y participes fatalmente amnistiados. Así, las voces sonaran las unas más fuertes que las otras, las otras con mas ahínco, y todas contribuyendo a un diálogo de besugos que difícilmente merece la sigla de diálogo.

Los intereses encima de la mesa tal cual debe ser en una democracia transparente y así las negociaciones serán justas, recuerdo que profesaba una gran idea norteamericana a principios de su configuración política (la inexactitud, permítanme recordárselo, sólo somos nosotros). Las minorías podrán negociar y así desaparecerá las discriminaciones. La libertad de cada cual como máximo exponente y así desaparecerá las tiranías. Y dónde quedó las responsabilidades, dónde lo común y dónde lo político… Quizá ya no queda nada de eso, porque nada de eso importaba ya.
Yo, como anunciaba al principio, sigo nadando en las aguas de la contradicción y como decía Nietzsche hemos de destruir todos los viejos ídolos; sin embargo, hasta ahora, sólo lo hemos conseguido a costa de venerar a otros nuevos. No obstante, todo puede ser simplemente, como se suele apreciar en el marco contextual de los diálogos de calle, una visión pesimista sobre la sólida estructura de una sociedad que nunca ha conocido una época mejor; pero a mí me parece que será, tal vez, que la “realidad” sólo se perpetua a sí misma y hunde sus miserias en las guerras, dónde las palabras suenan de modo diferente ante oídos pocos acostumbrados.

El amor, al modo de Tolstoi o al modo de Gandhi, puede ser una buena clave. Aunque la responsabilidad o la integridad apunten al mismo camino, en la era de las emociones quizá ésta se expresan demasiado abstractamente para servir de inicio. Se nos presenta una dificultad nietzscheana siempre presenta y ahora aún más acuciante; enseñar a un león y domar al niño.

sábado, 18 de abril de 2009

Carta 5

Querida amiga:

Nunca me he considerado un ser egoísta aunque las palabras que aquí se imprimen quieren dar un veredicto discordante. Y la verdad es que todo es mentira y, la única solución que se dibuja en el lejano horizonte, solo puede verse con los ojos cerrados. El tiempo, siempre cruel y ajeno, a veces se apiada de nuestra alma y nos recompensa con un denso bálsamo; el olvido. Y sin embargo, éste, ahora ausente, nos recrudece la realidad. Pero tan solo hemos de darnos cuenta de que lo que se avecina no es un final, sino más bien un principio (pero que tonterías dicen a veces las palabras). No quiero caer en tontas habladurías, sino en absurdas esperanzas. Tan absurdas como es la vida, y tan esperanzadora como te permitas ser a ti misma. Cada elección siempre está delimitada por las posibilidades, pero creo que una de tus elecciones puede ser ampliar el prisma de las contingencias que te ahogan.

La vida se extiende a nuestro alrededor, pero en determinados momentos ésta se repliega sobre nosotros con signos de interrogación. Quizás no sepamos responder, pero siempre podemos sentir. Y siento que no te puedo ayudar; no si esto significa afirmar. Y por esta misma razón, si es que se puede hablar así, deja de pensar más allá del mismo lugar en que te encuentras. En mi camino espero encontrarte pronto y verte feliz. De todo se aprende y he aprendido que las palabras se quedan cortas o, yo no las empleo como debiera. Y, en todo caso, he de arrepentirme y declararme un egoísta; no mereces una simple carta, aunque mi naturaleza es tan mezquina que solo puedo hablar con el alma en forma de literaria ficción; finjo que me permito hablarte como quisiera. Y aun estas palabras resuenan sin eco porque he mutilado todo aquello que me delata; soy así de triste; ni puedo expresarme en el nefasto anonimato de una carta que se entrega en la distancia. Yo mismo me siento un personaje que se derrama en tinta y que se esconde en la vida. Y por ello te pido disculpas, por ser tan “poético” en palabras y tan frío y descuidado en persona. Y puesto que esto es un texto déjame alzar la imaginación; recuerdo el día en que nos presentaron y la impresión que me causaste; tan empollona y callada que no te hacía con él. Y ahora, por el contrario, no te imagino…
Que egoísta soy, como si fueras una protagonista en la novela de mi vida; sólo te leo atrapada en los borradores que quise escribir y en donde estábamos todos juntos. No se si se estropea un camino, se abre otro o si me desgajo en ellos. Pero una vez más me excuso por pagarte en palabras que no valen nada a cambio de los momentos vividos y por vivir. La “literatura”, en mi caso, es falta de franqueza y valentía. Quizás las palabras que nacen mudas no deban escribirse nunca. Pero mi voluntad quiere gritar, aunque solo pueda susurrar, como me siento hoy. Y me siento confuso, por ti y por mí. Por la desdichada novela en que me empeño en pensar; y se escurre, y yo también. El dramatismo es mi sello de identidad en el mundo poético, y creo que solo se debe a mi infortunada frialdad real. En todo caso espero que estas líneas obren igual que aquellas manualidades que de pequeños hacíamos en el colegio para nuestras madres; que te demuestren mi afecto aunque sea a través de la manifestación de mi torpeza.


PD: A veces me pierdo entre las pequeñas hierbas del camino; no dejes de estar allí para hacerme sentir agraciado. Y no confíes en mí y recuérdame que estás, aunque estés lejos.

miércoles, 1 de abril de 2009

Carta 4

Destinatario el miedo
Desde la sinceridad de la noche

Estimado/a,

Una noche que no recuerdo, hablando con un tío mío (siendo él mismo suyo) me dijo que ante los cambios nos sentimos más vulnerables. Que los sueños se revelan en nuestra contra, que los sentidos se disparan haciéndonos sentir frágiles y desahuciados. Y que la muerte se nos aparece en pequeñas dosis en forma de grandes cambios. ¿Y qué es la muerte sino la alteración más colosal que podamos concebir? No recuerdo bien si sus palabras eran suyas, o más bien mías, más la autoría de aquellos pensamientos resuenan hoy en mí; en una especie, mal hecha, de versos;


Quisiera escribir y decirte
que no quiero sentirte en mi pecho;
que aún me quedas lejos
pero en la agonía de mi vida
aún te acecho.
Receloso de que me atrapes antes de tiempo,
de que me robes mis sueños;
de que no me dediques el suficiente tiempo
como para desgarrar de mí, tu huella
y en vez de ella
llenar mi corazón de amor,
de tanto amor, que hasta tu presencia me sea placentera
Pero no me abandones
ni si quisiera por mis temores
que aunque bien me afligen grandes dolores
quisiera yo tenerte cerca.
Suficiente para olerte
y pensar que cuando llegue el día
que has de tenerme (y yo a ti)
sentirte como una amiga
que en la sinceridad de la noche
me explique el significado de la vida, entera.
¡Más ahora aléjate!
que te siento muy cerca
quizás vengan cambios y ahora no los quiera
quizás sea solo un quizás
y tan solo sea que todo lo demás me da pena.



Atentamente suyo, yo.

domingo, 22 de marzo de 2009

Carta 1

Hace unos días comencé a leer un libro de unos de los escritores rusos más eminentes del siglo XIX, Lev Tolstói. Había conocido algunos de sus ensayos a través de la carrera; su excelente prosa y su profundidad habían llamado mi atención ya en algunos trabajos que tuve que hacer sobre su libro “Guerra y paz”. Aunque en honor a la verdad tengo que decir que me centré más en la bibliografía secundaria que en la propia obra del autor. No obstante, hace apenas unos cuantos días me volví a encontrar con un libro en cuyas páginas volvía a sonar la sombra o la luz de Tolstoi, Correspondencia (de Selma Ancira). Como un Voyeur más me dedique a “espiar” su intimidad a través de las cartas traducidas en dicho texto. Tan sólo con leer los primeros mensajes enviados a su tía Tatiana me sobrevino una sensación de admiración y tristeza. Admiración porque podía sentir cómo uno de los escritores más pródigos del siglo pasado se mostraba en cada una de sus cartas de una manera tan sincera y pura y, tristeza porque yo, por culpa de mi educación o de mi vergüenza, no tenía ni la entereza ni el compromiso suficiente para dejarme atrapar entre las hojas y la tinta de una correspondencia. Además, hijo tropo-típico del individualismo de mi generación, siempre había considerado ese mostrarse como un síntoma de debilidad innecesaria y gratuita. Por otro lado, no tenía a quién escribirle; lo ideal sería un abuelo lejano confinado en otro país y apartado de la vida habitual que marca la ciudad y con el cual podría compartir mis experiencias de adolescente. Pero comprendí que ese “ideal” sonaba más a un guión malo de Hollywood que a la realidad. Esta última estaba enmarcada por el hecho de que no soy capaz de mantener con nadie un tipo de correspondencia que no se limite a las típicas y aburridas estupideces que a veces son tan necesarias como imprescindibles. Justo también hace unos días y coincidiendo con la lectura de este libro (el cual aún siguió leyendo lentamente) ocurrió un suceso desagradable pero, gracias a Dios, no dramático. A un ser querido la vida se le quiso escurrir entre los atascos que en ocasiones se producen entre esas simples y a la vez complicadas carreteras que atraviesan y riegan todo nuestro cuerpo. ¿Quizás a él? ¿Quizás ahora escriba para él? ¿Sería esta la ocasión? Creo que realmente no escribo para mi, y aprovecho para decirlo, querido tío. Sería intentar crear una especie de tele-realidad a través de lo que volvería a ser un nuevo y penoso guión de cine (ojala algún día pudiera escribir alguno aunque fuera tan penoso). Se trata más bien de escribir… no de intentar hacer arte al estilo de Cindy Sherman o algo parecido (ojalá pudiera). Simplemente se trata de escribir, en un anhelo de melancolía, por las maneras pérdidas que en otro tiempo llamaban a las puertas de los sentimientos y de la comunicación más personal y cariñosa en forma de cartero. Por supuesto escribo a mi tío, a mi abuela, a mi madre, a mi padre y a todos. Y sobre todo a mí mismo, que en un acto cuasi de locura de sinceridad, doy voz alta, en lo que parece una terapia de choque, a la vocecita que a veces ronda mi cerebro. De ahí el nombre del blog, Cartas sin destinatario. Para terminar esta primera carta creo que me tengo que presentar;... soy un idiota.

Atenerse de leer esta correspondencia psicoanalista demasiados confiados de sí mismos y otras gentes.

PD: los idiotas no damos razones de nuestras estupideces más allá de las “locura” que nos caracterizas. Así que me auto declaro persona no responsable de mis palabras (si es que se puede ser “no responsable” de lo que uno hace o dice.

sábado, 21 de marzo de 2009

Carta 2

Destinatario Anónimo
Desde ninguna parte

Estimado/a,



Es bastante curioso el anonimato, realmente se me dibuja una leve sonrisa en los labios cuando pienso en ello. Es como si nos empreñáramos en que existiera otro planeta, otra vida. Como si en el ocultamiento de nuestro nombre se difuminara nuestras miserias, nuestros errores, nuestra humanidad. Como si intentáramos dejar huérfana a la poesía misma de su más intrincado secreto, su parentalidad. Perdonadme que me reivindique a mi mismo en este inesperado aire de iluminismo desacertado que confunde las palabras con la emocionalidad del gesto y que me lleva a escribir parentalidad, ese ridículo concepto que se escapa entre la desconfianza de la racionalidad y la torpeza de las emociones, que resurge en lo anónimo con una suerte de sátira irreconciliable, poética a sus propios ojos y deshonesta con la coherencia. Es raro, totalmente inverosímil y patético el hecho mismo de la negación ineludible que el texto intenta esquivar en las palabras abandonadas de su origen más concreto. Por un lado quisiera explicarme mejor, pero entonces correría un grave peligro de hacerme anónimo yo mismo. La poesía es bella y necesaria a la par, pero el error y la obstinación de quien pretende ser pre-poético merece también ser escuchado, aunque sea por él mismo. Así pues, el anonimato no puede ser más que una profunda y sangrante equivocación que pretende borrar las huellas que en cada instante imprimimos en la sustancia que nos hace y nos convierte en seres vivos. Ese cuidarse del que Heidegger nos habla debe mostrarse a sí mismo en su estado paradigmático. Antes de cualquier elección o de cualquier reflexión seguimos siendo aquella indeterminación que seguiremos siendo aún después de la afirmación consciente de nosotros mismos. Y esa parte, ese intento debe ser auto-afirmativo en el sentido de una firma identitaria de un mismo. Es decir, el anonimato es simplemente la negación de uno mismo, como si fuera posible reglamentar y seleccionar aquello que somos y aquello que no somos. Por tanto, los borradores de nuestras obras no pueden ser tenidas en cuenta como elementos ajenos a nosotros mismos, sino como una afirmación que se produce en el espacio y el tiempo y del que no podemos más que dibujar los nuevos mensajes que creemos que deben impactar en la audiencia en donde hemos decidido publicitarnos. Con la consiguiente y evidente reflexión de que la audiencia no es ingenua. Al hilo de lo cual cabe apreciar ese momento pre-poético que en su desconcertante ebullición quiere huir de cualquier análisis psicológico o literario para erigirse simplemente como un intento de autoafirmación de uno mismo como ser errante y transmundano. Transmundano porque andamos entre dos mundos bien diferentes en principio; el de nuestras emociones y el de las descripciones o aliteraciones que lingüísticamente quieren dar fe de ellas. No quiero decir que haya que rescatar una especie de dadaísmo o surrealismo que inunden nuestras estructuras comprensivas del mundo o cosmovisiones. Simplemente apunto a la necesidad de autoafirmarnos intersubjetivamente como individuos vulnerables a nosotros mismos, a ponernos en tela de juicios como sujetos coherentes o poéticos. Ciertamente somos poéticos, pero también somos pre-poéticos en la medida en que estamos faltos de la belleza que nos proporciona la rima y la matemática en la que a veces se embute la poesía. Por matemática me refiero a esa belleza que nace de la experimentación del arte. Experimentación con la que no pretendo enfrentarme, ni mucho menos, sino a la que pretendo señalar que a veces también hay que prestar atención a ese acto y espacio falto de toda perfección que su única, pero enriquecedora aportación, es ser un gesto de autoafirmación tejido en la aceptación de la inevitabilidad de ser quién en cada momento se es, no en quien se decide ser, pues en la negación hay una afirmación y una proyección de quien se esperar ser , pero también una negación de quien ya se es. En resumidas cuentas se ha de aceptar que no se pueda ser un escritor anónimo en el entramado del ser. El anonimato solo es una elección de una parte del ser que se concretiza a través de la negación de las opciones bifurcadas que permitían la elección misma de lo substantivado.

Atentamente suyo,

ANóNIMO

viernes, 20 de marzo de 2009

Carta 3

Anteanoche leí la carta que Tolstói envió desde Tiflis a Tatiana Alexándrovna Ergólskaia el veintiocho de diciembre de 1981. Y a parte de constatar mi obstinación por ser un vago compulsivo, me resultó de sumo interés una afirmación un tanto extraña; el deseo de Tolstói de no ser libre. Es curioso como el tiempo se difumina en un instante y se comprime en un solo punto, en un solo sentimiento vivido por dos seres absolutamente diferentes y distantes. Cómo el devenir se detiene, agitado y confundido, en el latir de una emoción que se revuelca sobre sí mismo para aparecer ciento cincuenta y ocho años después en otro espacio y en otro cuerpo. Quizás seamos demasiado “poéticos” como para ser riguroso, pero en cualquier caso me parece sorprendente que las emociones superen las barreras del tiempo y las circunstancias para presentarse ante nosotros como un halo de vida tan efímero y confuso como mágico e ininteligible. Pero aún más sorprendente es compartir y experimentar ese deseo; no ser tan libre. ¿Acaso es posible? Un pequeño escalofrío que se empeña en recorrer mi estomago y que hace tiritar mis manos y mi cabeza al unísono, me invita a pensar de que la respuesta es un rotundo no. De que no podemos dejar de ser seres libres atrapados en las circunstancias pero condenados a ser absolutamente responsables de nuestros actos. Actos que son pagados con nuestra vida entera. Estamos forzados a ser en cada momento nosotros mismos. A hablar de nosotros en cada gesto, en cada decisión y en cada rectificación. Estamos avocados a vivir, sin que podamos pedir una tregua. En la vida en único punto y aparte es la muerte. Todo lo demás son errores de puntualización que no sabemos ver o que no queremos reconocer; no se puede cambiar, solo se puede continuar… No digo que no existan los puntos y seguidos, solo digo que los grandes cambios no son más que frustraciones que connotan nuestro deseo de ser Otro. Pero ese Otro es simplemente una elección de nosotros mismos que hasta entonces había quedado relegado a un segundo plano. Mis cartas no son el producto de un nuevo ser sino la resultante de una nueva elección. Ahora bien, también podemos elegir no ser libres; dejarnos atrapar por las corrientes que diluyen nuestra absoluta autonomía… A veces apetece no ser un individuo condenado a morir, sino un ciudadano, un amigo o un marido dispuesto a compartir su vida y a derramarse en ella.





Atentamente suyo,


Un amigo…


PD: Si no les gusta lo que escribo siempre puedo cambiar…